miércoles, 26 de octubre de 2016

Relatos de viaje: El hombre solo de Favignana



Por recomendación de varias personas fuimos a pasar un día a unas islas que quedan en el extremo occidente de la Sicilia, las Islas Egadas. Una conocida decía incluso que era un paraíso en la tierra, con playas de aguas turquesas. Es curioso como la gente intercambia consejos sobre la ubicación de los diversos paraísos. Le dije a Daniele: No te parece raro, que uno busque siempre ''el paraíso''??Y que muchas veces ese paraíso esté asociado al color turquesa del agua? A lo que me contesta: La gente busca el paraíso porque la vida es un infierno.

Salimos de Palermo en el primer bus para Trapani y aunque perdimos la coincidencia inmediata con el barco, a las 11am ya estábamos rumbo a la isla de Favignana. El viaje en barco desde la costa es de tan solo 30-40mn. Apenas tocamos tierra, logramos alquilar unas bicicletas para recorrer una parte de la isla.
Poco o nada es lo que habíamos leído sobre la isla y su historia. Al dar una vuelta por el pueblo descubrimos tres aspectos importantes que han marcado la historia de la isla y de sus habitantes y nos dieron claves para entender el paisaje que nos encontraríamos durante el recorrido. 

En un terreno ubicado frente al mar junto a unas bodegas en ruinas, reposaban decenas de anclas herrumbradas, un barco pesquero de madera ya bastante deteriorado por el tiempo y un montón de bloques de piedras calcarenitas cuadradas y rectangulares en varios rincones utilizados para la construcción. Algunos de los bloques tenían cuerdas amarradas, pensé que seguramente eran también utilizadas como anclas para las embarcaciones más pequeñas. Al frente, del otro lado de la bahía hay una construcción bastante grande, con 4 grandes arcos que parecen ser entradas para barcos. 
Anclas y en el fondo edificio de producción de atún(Ex Stabilimento Florio delle tonnare di Favignana e Formica)

Anclas y barco abandonado al fondo

Hélice de un barco y bloques de calcarenita con cuerdas
 
Mientras Daniele tomaba fotos a las anclas me acerqué a dos hombres que preparaban las cañas para pescar y sin querer molestar pero con deseos de saber más, les pregunté que era esa construcción. Aquí en Sicilia y hasta el momento la gente es muy amable y está dispuesta a conversar y a contar cosas, responder preguntas y dudas, así que me contaron que esa era una antigua procesadora de atún para la exportación, en funcionamiento durante el SXIX hasta mediados del SXX que fue cayendo en decadencia hasta el cierre en el 2007. El pescador más mayor, de unos 70 años me dijo que cuando él llegó a la isla hace unos 40 años, ya la fábrica estaba en decadencia. Por otro lado respecto a los bloques de esa piedra blanca y porosa, dice que desde tiempos romanos la isla ha sido una cantera para sacar material de construcción. Me dijo algo así: ''Favignana fue por mucho tiempo una fabrica a cielo abierto, tanto por el atún como por los ''tufi''. Mientras me habla veo a sus espaldas unas torres parecidas a las de una cárcel y le pregunto que son.
Y me explica que desde hace siglos la isla ha albergado varias, el antiguo castillo que se ve en lo alto de un cerro era una cárcel, pero ya clausurada, y la que está a sus espaldas es otra de alta seguridad, aún hoy en funcionamiento. Una isla marcada por la pesca, las cantera y la reclusión forzada.
Finalmente iniciamos el recorrido en bicicleta, por unos caminos a veces pavimentados, a veces de tierra, pero en general en muy buen estado y en su mayoría bordeando el mar.
La geografía costera es digamos muy árida con tunas(cactus traídos de las Américas), alguno que otro arbusto y con muchos bloques de rocas que por momentos generan pequeños y medianos acantilados desde donde se pueden observar lindos paisajes. 

Camino con muritos
El paisaje tierra adentro estaba dominado por incontables muritos de piedra de baja altura -supongo para delimitar propiedades-, cuevas naturales y artificiales, así como bloques y montañas completas de piedra claramente intervenidos por la mano humana. Es como si le hubieran estado sacando tajadas y tajadas a una barra de mantequilla y quedaran las marcas del cuchillo, a veces en forma de escaleras, de agueros rectangulares, de líneas, de tajos muy filosos, tanto en la misma costa y acantilados, como tierra adentro. Esta es la tierra de los picapiedras, pensaba, es su marca, su historia y su paisaje. Pero ya no hay picadores, la isla está muy despoblada y viven en su mayoría en el pueblo principal. En el interior se ven poquísimas casas, y si las hay parecen deshabitadas. 
Cantera abierta, se ven los trazos cuadrados de los bloques que le sacaron a la piedra.
La única persona local que vimos en la primera parte del camino, era un hombre de unos 65-70 años. Y que hacía este hombre?? Como poseído por una especie de rutina milenaria acomodaba las piedras del muro de su propiedad.
El hombre solo de Favignana
Nos detuvimos a preguntarle si estabamos en buen camino para Cala Rossa. Tenía ganas de conversar y nos terminó contando sobre su vida, que vive en una de las tantas cuevas artificiales creadas a partir de la extracción de piedra. Que nadie lo molestaba, pescaba, cazaba conejos y sembraba algunas verduritas en el jardín. Que no tenía familia. Mientras acomodaba unas piedras que estaban en la tierra, lo vimos que se le salían las lágrimas. Aquí esta enterrada mi gata, murió ayer. Mi querida Karima, era lo único que tenía en este mundo. Se le salían las lágrimas e intentaba reprimirlas con esas manotas y dedotes toscos como racimos de plátano. Conmovida preferí cambiar de tema y le dije. Pero usted vive en una cueva?? Como son?
Decidió llevarnos a su cueva, que estaba como a 300 metros del camino, bastante escondida. Ahí pudimos comprobar como una persona en pleno siglo XXI vivía como un ser de otra época, por no decir de la prehistoria, que me parece exagerado. La cueva tenía forma rectangular cavada en la piedra y a lo interno, los mismos cortes de piedra formaban una mesita, un banco, algunos estantes donde tenía algunos artículos, y una piedra plana donde tenía un colchón viejo con unas sábanas viejas y sucias. En la mesa un par de cubiertos, un cuchillo, un jarrón con agua, un pedazo de pan, un tarrito de miel, sal y pimienta, algunas frutas de las tunas, que aquí le llaman ''fichi d´india'' y que son originarios de América. Al lado de la cama un par de zapatos viejos y en uno de los estantes del muro, ropa o trapos revueltos. No nos invitó a tomar nada, pero nosotros le ofrecimos un poco de jugo de naranja y compartimos los sandwiches que traíamos preparados. Comimos los tres en silencio. Enrolé un cigarrito y me pidió uno, estaba fascinado con el sabor del tabaco. Él estaba muy pensativo y silencioso. Era medio lampiño, pero tenía algunos pelos que le salían de barba y bigotes, usaba gorra en la cabeza y se le salían pelos grises por los costados. La piel curtida y reseca por el sol, las suelas de sus pies descalzos parecían duras como el cuero.
En las afueras de la cueva tenía unas plantas de tomates, de albahaca y de berenjena. Dijo que el verano era muy duro para las plantas, pero que él consigue agua dulce de un antiguo pozo que hay cerca de allí. Que no le hace falta nada. Que el invierno no era tan duro y que prefería el fresco al calor insoportable del verano. Antes de irnos le dejé un poco de tabaco, papeles para enrolar y un encendedor. Nos despidió agradecido y dijo que ya faltaba poco para llegar a la Cala que tanto gustaba a los turistas. Nos despedimos con esa sensación de haber conocido a una persona muy particular que nunca más volveríamos a ver.

Poco después llegamos a la famosa Cala Rossa rodeada de acantilados. Dejamos nuestras bicicletas recostadas sobre unas rocas y caminamos por un sendero, donde ya se vislumbraba la playa. Había un ventolero fuerte y no hacía mucho calor, bajamos un poco más y pudimos observar plenamente la maravillosa cala y el espectacular color turquesa. Nos quedamos largamente observando recostados sobre un peñasco con buen panorama y Daniele tomó fotos durante un buen rato. Unos turistas que venían subiendo del mar nos dijeron que era imposible bañarse, ya que el agua estaba muy revuelta, que había mucho viento y que no había sector de playa con arena, solo rocas filosas que te podían lastimar.
Igual el clima no estaba para baños, así que disfrutamos del paisaje desde donde se apreciaba la isla de Levanzo, donde al parecer hay unas cuevas con dibujos prehistóricos de alrededor de 12 000 y 15000 años, y a la derecha la costa de Sicilia con la ciudad de Trapani. Luego vimos pasar al hombre que habíamos conocido antes cargando un carretillo con piedras. Que obsesión con estas piedras pensaba en ese momento. Lo saludamos pero parecía no reconocernos y lo vimos desparecer entre las rocas.
Conversamos con otros turistas sobre donde comprar agua o algo de beber. El hombre del carretillo estaba ahora absorto fumando sobre un sector del acantilado que tiene paredes recortadas también por la mano humana, con paredes de unos 30-40mts. 

Decidimos continuar con el recorrido entre los muros de piedras, acantilados pequeños, y canteras abiertas, vimos algunas playitas rocosas antes de llegar a una playita donde vendían bebidas y finalmente nos instalamos.


La playita no estaba muy llena y de ese lado de la isla no había tanto viento. La gente estaba en vestido de baño y algunos se nadaban en el mar. Decidimos ir acostarnos en la arena, apenas nos acostamos nos quedamos dormidos como una hora. El sol de octubre calentaba pero no ardía, así que decidí meterme al mar. Ahh primer baño de mar del verano-otoño. El agua estaba muy fría pero después de unas brazadas ya no se sentía el frío. 

Luego volvimos al pueblo y tomamos el barco de vuelta a Trapani. Al lado nuestro un señor mayor conversaba con otro sobre una tragedia que había sucedido esa misma tarde en la isla. Un hombre se había quitado la vida tirándose de un acantilado amarrado de una piedra. Yo estaba con la oreja parada y sentí un golpe eléctrico que me recorría de pies a cabeza. Lo interrumpí y le pregunté que había pasado y dijo que era un antiguo reo de la cárcel que vivía en una cueva, un povero diavolo vagabundo, se había suicidado lanzándose al mar. El señor a mi lado decía que él trabajó durante toda su vida en la cárcel, aunque ya estaba pensionado y que ese reo había pasado 25 años en prisión y que cuando salió decidió irse a vivir a una de las tantas cuevas que hay en la isla. Povero disgraziato, decía. No tenía a donde ir, ni donde trabajar después de salir de la cárcel. Que a veces él le llevaba ropa o algo de comer, o medicinas cuando estaba enfermo. Pero que había sido un asesino peligroso, un sicario de la mafia. Que se había lanzado en la Cala Rossa, que unos turistas lo habían intentado salvar, pero que no había caso. Lo único que tenía en sus bolsillos era tabaco, papeles para enrolar tabaco y un encendedor, dijo el señor que iba sentado en el barco.
Daniele y yo nos quedamos helados. No había duda, era el hombre que conocimos esa tarde.


Fotos: Daniele Vidoni
Relatos de viaje, con un poco de fantasía y ficción. El hombre solo es un personaje de ficción.
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